Pollo marinado con salsa de soja

IMG-20160202-WA0018

El pollo es una carne blanca con una ratio magnífica de proteína/grasa, no en vano es LA carne tanto para dietas como para quienes quieren consumir proteína de calidad para ganar masa muscular. No sólo eso, es una carne de fácil acceso, gusta a casi todo el mundo, y tiene infinitas combinaciones.

En esta ocasión me decidí a marinarlo con salsa de soja, algo que pese a ser un gran consumidor de este condimento, no había probado aún. Para aquellos que empecéis en este apasionante mundo que es la cocina, os contaré que el marinado es simplemente, y explicado en palabras simples, dejar en remojo algo (en esta caso, la carne de pollo) en un líquido (en este caso, salsa de soja), desde unas horas a incluso semanas (en este caso, una tarde entera). La carne cambia su textura y absorbe el sabor del líquido en el que se encuentra, dando resultados muy interesantes.

La elaboración no podría ser más simple. Se limpia bien el pollo, se corta a pedazos pequeños, y se pone en remojo con el cebollino cortado a rodajas finitas, la salsa de soja y con gomasio con algas. En primer lugar, yo siempre corto el pollo en trozos pequeños para mis platos, porque como bien sabréis, es una carne que puede llegar a ser algo seca, y los pedazos de menor tamaño facilitan su consumo (especialmente si el plato tienen que comerlo los pequeños de la casa). Y en segundo, en una receta de unos días antes os conté lo que era el gomasio y como podéis adquirirlo.

A la hora de cocinarlo, sacáis el pollo de la nevera, y tal y como lo habéis dejado, sin quitar nada, lo metéis al horno. ¿Fácil, eh? Yo incluso usé un recipiente con tapa apto para horno, así sólo tuve que sacarlo de un sitio y meterlo en otro. No pongáis el horno a una potencia demasiado alta, nos interesa que la salsa de soja se vaya secando poco a poco y se vaya “pegando” al pollo, cambiando su textura de líquida (y ese color tan característico caramelo oscuro) a una más sólida (y con el color que veis en la foto, mucho más claro).

Finalmente, para acompañar el plato opté por una montaña de champiñones salteados con ajo y perejil, para que el sabor del alimento principal encontrase un contrapunto interesante con el ajo. Además, el champiñón es una de mis elecciones favoritas como acompañamiento, tiene un alto contenido en fibra (lo que además de ser recomendable para la población general, es un gran aliado para los diabéticos como yo), y tiene mucha agua, lo que los hace ideales por su componente saciante aportando muy pocas calorías (pero ojo, 1 kilogramo una vez cocinado y habiendo echado el agua, se os quedará en nada).

¡A comer!

¿Te ha gustado? ¡Compártelo!

Deja un comentario