Di basta

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Basta de no gustarte lo que ves en el espejo.
Basta de sentirte triste.
Basta de estar siempre a medio gas físicamente.
Basta de sentirte pesado después de las comidas.
Basta de no dormir bien.

Basta de poner excusas.
Basta de dejarlo para más adelante.
Basta de no encontrar tiempo.
Basta de quitarle importancia.
Basta de pensar que ya es demasiado tarde para cambiar.

Para.

Empieza.

Cambia.

Darle la vuelta a tu vida y acabar con todo lo antes mencionado no es fácil. No voy a mentiros, ni a soltaros frases de libro barato de autoayuda. Requiere sacrificio y voluntad, y por desgracia, muchas veces requiere haber pasado por malos momentos para que te plantees cambiar. Pero no ese manido “tengo que ponerme“, ese punto en que sabes que ya no puedes continuar como hasta ese momento y que tu voluntad es, por fin, inquebrantable. Yo me había propuesto “comer mejor” y “hacer algo de ejercicio” incontables veces, pero la realidad es que seguía ganando peso y sumido en todo lo que he descrito anteriormente.

Hasta que tocas fondo. Y tienes dos opciones, quedarte en él, o nadar hacia arriba.

No se trata de pasar de 0 a 100 de un día para otro. Eso nunca funciona. Se trata de ir cambiando poco a poco hasta que esos cambios se conviertan en hábitos y pasan a formar parte de nuestro estilo de vida. Llegar al punto en que estás tan feliz y te encuentras tan bien comiendo mejor y haciendo ejercicio, que la sola idea de dejarlo se te antoja estúpida. Os voy a contar una anécdota (la primera de muchas en esta web, me temo 😛)

Cuando yo comía mal, era un gran consumidor de toda clase de productos que no son los más indicados para una dieta equilibrada. No hablo de comer patatas fritas o pedirse una pizza de forma ocasional o cuando sales a cenar o vienen amigos a casa. Hablo de comer ese tipo de productos de forma más o menos recurrente. En mi casa nunca hemos sido unos grandes consumidores de carne roja, pero pese a ello, había un alimento en concreto que me chiflaba y que podía comer sin importar la cantidad o si me era bueno; las morcillas de cebolla.

Pues bien, llevo sin comer ese plato en concreto desde que me propuse cambiar de estilo de vida, en verano de 2013. Al principio quizá fuese por “obligación” para con mi mismo y mi dieta. Pero llegó a un punto en que mi cuerpo las rechazaba. Las veía en la tienda y era incapaz de comprarlas. En alguna ocasión me lo he planteado para darme el gusto en forma de “Cheat Meal” (concepto del que hablaremos más adelante), y son incapaz.

Mi cuerpo está tan acostumbrado a la vida sana que “rechaza” de forma inconsciente los productos que no considera “adecuados”. Se que suena muy hippie lo que estoy diciendo. Pero es cierto, creedme. Llegas a un punto en que, cuanto más sano comes, más sano te apetece comer. Una especie de círculo vicioso positivo, si es que el concepto existe. Empiezas, ves que los primeros resultados aparecen, te anima a seguir, cada vez te ves y te sientes mejor, continúas con tu estilo de vida sano, etc.

Dudo que la mayoría de lectores de esta web sepan quien es Deion Sanders. Jugador retirado de fútbol americano (uno de los mejores de todos los tiempos), tenía un curioso ritual antes de cada partido. En el suelo delante de su taquilla, colocaba de forma exquisitamente ordenada toda la ropa y complementos que iba a llevar ese día en el campo. Camiseta, pantalones, calcetines, muñequeras, cintas para el pelo, todo. Cuando finalmente sus compañeros le preguntaron el porque de esa costumbre, Deion acuñó la frase que para mi resume de la mejor forma posible el poder de nuestra imagen sobre nuestro propio estado de ánimo; if you look good, you feel good. If you feel good, you play good.

Por eso, antes de contaros sobre cómo lo hice yo en próximas entradas y aconsejaros sobre mi experiencia personal, lo que os tenéis que preguntar es, como dirían los yankees, how bad do you want it. ¿Cuanto lo queréis? ¿Queréis decir basta? ¿Estáis cansados de no ser la mejor versión posible de vosotros mismos?

¿Empezamos?

 

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